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REVOLUCIÓN

viernes, 4 de junio de 2010


Para 1943, el "orden conservador" inaugurado por el golpe de 1930, estaba agotado. Su propia dinámica de alternancia fraudulenta entre radicales y conservadores, había provocado un callejón sin salida: el sistema se devoraba a sí mismo y presentaba signos claros de anquilosamiento. Por cierto que la decandecia del sistema oligárquico de gobierno de "la Concordancia" había replicado como farsa el exitoso proceso inaugurado por Julio Roca en 1880. En ese caso, los gobiernos prohijados por el bloque de clases dominantes, había completado un ciclo de 36 años ininterrumpidos. La restauración intentada en 1930 se agotó velozmente, en gran medida porque la sociedad había mutado, y la causa de esa mutación había sido la tibia experiencia yrigoyenista.
Sería arduo aquí analizar el fenómeno yrigoyenista. Bastará señalar que, en términos sociales, significo por un lado el ingreso de las capas medias a la decisión política relativa pero repitió, por otro, los tics represivos del sistema oligárquico para con la clase obrera y no alteró significativamente la estructura productiva del país agroexportador diseñado por la oligarquia terrateniente, ni la matriz de distribución inequitativa del ingreso nacional. Así y todo, significó un cambio cualitativo con respecto al sistema al que suplantó en 1916, debido a la participación ampliada de la ciudadanía en la elección de sus autoridades.
Digamos que 1930 refleja en la Argentina el eco del tsumani financiero de 1929. Es ése el factor externo que suma a la decadencia del gobierno radical, que ya soportaba embates muy serios desde la extrema derecha y aún desde la izquierda (tanto por parte del sindicalismo anarquista y socialista, como de las organizaciones universitarias, a pesar de haber sido el gobierno de Yrigoyen el gestor de la reforma de 1918 -triste y repetida historia de inconformismo chic de la universidad argentina, eternamente antipopular). La violenta interna del partido radical, otro factor a considerar, que llevó al presidente a gobernar los dos años de su segundo mandato, hasta su derrocamiento, con la mayor parte de las provincias intervenidas, significó también la fractura con el sector alvearista, lo cuál vació de apoyo partidario al gobierno. Por eso el golpe encabezado por el general José Félix Uriburu requirió de una fuerza mínima, casi simbólica. Porque el gobierno estaba en franca descomposición y la reacción, por el contrario, organizada y activa. 
El sesgo fascista que emocionaba al anciano Uriburu pasó velozmente al desván de las cosas inútiles. La oligarquía argentina no quería saber nada con la fraseología mussoliniana ni con el Estado corporativo y la teoría de la plutocracia internacional que emanaba del Nuovo Impero. El imaginario oligárquico local pastaba en las praderas mansas de lo que había sido y ya no era: el peón, dócil en la estancia, la vaca en el campo y el patrón viajando a París a derrochar los millones. Nada de locuras clasistas, nada de soviets, nada de un super-estado organizando a la sociedad en el rígido orden jerárquico-militarista del fascismo. Querían disfrutar de su oro, de sus palacios y de sus fiestas. Querían comprar títulos nobiliarios de segunda mano en Francia, olvidarse del olor a bosta del abuelo bolichero.
Por todo esto es que en 1932, el general Agustín P. Justo desplaza sin dolor a Uriburu y con él se van las legiones cívicas y las ligas patrióticas. Ya nadie necesita de Manuel Carlés o payasos similares, desfilando uniformados y con el brazo derecho en alto por la avenida Callao. Había llegado el tiempo de la racionalidad liberal.
El nuevo gobierno justista se apresura a llegar a un acuerdo con las fuerzas políticas del stablishment. La "concordancia" nace como una necesidad de clase: asegurar los intereses de los ganaderos y productores de  grano de la pampa húmeda ante el vendaval de la crisis económica mundial. Sir Otto Niemeyer, director del Banco de Inglaterra, recorre colonias y semi-colonias británicas aconsejando la fundación de bancos "Centrales", con personal directivo consustanciado con los intereses financieros del Imperio. La Argentina no es excepción. El general Justo crea en 1935 el Banco Central y espera órdenes. Antes de eso, fruto de la urgencia, habían sido creadas las Juntas nacionales de carnes y de granos. Es que el gobierno de Justo ha nacido a la luz de la Conferencia de Ottawa, en la que Gran Bretaña anuncia que ante la crisis mundial, ha de replegarse en la Commonwealth. Este anuncio, que en Argentina se oye como la explosión de una bomba, significa en términos prácticos que  los ganaderos y productores perderán el fructífero mercado inglés en detrimento de Australia y otras provincias.
Cunde el pánico entre la oligarquía argentina. El fantasma de la ruina acosa los dorados sueños de los terratenientes. Urge un arreglo a cualquier costo: el pacto Roca-Runciman.  Inglaterra seguirá comprando carne argentina, aunque la relación de costo-precio sea de un fantástico desbalance. Pero mejor pájaro en mano. El chilled-beef y el corned-beef siguen navegando hacia el Imperio, previamente elaborados en los frigoríficos dirigidos por empresarios inlgeses. Negocio redondo para (casi) todos. Las Juntas de Carnes y Granos revelan su utilidad, al compensar la diferencia a los terratenientes, descargando en el "precio-sostén" el escalón de ganancia. El Estado y el mercado interno equilibran las cuentas de los estancieros. Julito Roca exclama, agitando la chistera, que desde el punto de vista económico, la Argentina puede considerarse parte integrante del Imperio Británico.
El sistema político que el "orden conservador" (aplicando la caracterización de N. Botana) ha creado alrededor de la necesidad de proteger los intereses de las clases dominantes, está cruzado por la corrupción y el "contubernio". Las elecciones son ejercicios vergonzosos, la represión policial es violenta.  De la mano del comisario Leopoldo "polo" Lugones, hijo del escritor y poeta, la picana se gana un sitio en la historia de los apremios ilegales argentinos. Tan sólo la expresión artística del pueblo dará cuenta cabal del ambiente oscuro de aquellos años terribles.
Todo este sistema podrido y exhausto es el que derriban las Fuerzas Armadas en 1943, cuando el presidente Ramón Castillo se preparaba, bajo estado de sitio, a ungir como su suceso en el cargo al terrateniente y asesino de obreros tucumano Robustiano Patrón Costas. El "régimen" se preparaba para continuar como si tal cosa, sin entender hasta qué punto el mundo en que estaba, había cambiado irreversiblemente.
Las Fuerzas Armadas de 1943 reflejan la nueva composición social de la Argentina posterior al Centenario: los apellidos de la oficialidad  reflejan las corrientes inmigratorias que han ido confluyendo sobre el país. Especialmente en el Ejército, predomina un fuerte sesgo ideológico nacionalista e industrialista., motorizado por el grupo de jóvenes coroneles liderados por Juan Perón.  La negación directa del ensueño pastoril de la oligarquía terrateniente. Ese es el Ejército que motoriza el fin del régimen del "fraude patriótico" y la "concordancia". Desde ya que la historiografía liberal, sirviente del interés oligárquico, indentificará velozmente a los militares nacionalistas argentinos con el Tercer Reich que ya agonizaba allá en Europa. Es una farsa patética: el desarrollo de la industria nacional, el papel rector del Estado Nacional en el desarrollo económico, la integración de la clase trabajadora a la vida económica y luego, política del país, son los ejes de una forma de pensar una nación completamente divorciada del pasado oligárquico y excluyente. Esa es la razón del odio. No las hipócritas protestas por la "libertad" que infectan la literatura y la historiografía gorilas posterior a 1943.
Lo que ocurrió el 4 de junio de 1943 fue una verdadera revolución, cuya institucionalización puede encontrarse en los dos gobiernos consecutivos del general Juan Perón, el momento de mayor desarrollo, integración y felicidad de la Patria y el Pueblo.
Seguro, alguno de los lacayos actuales del liberalismo oligárquico, saldrá a hacer su profesión de fé republicana, negando legitimidad a esta fecha, mezclándola sin más con otras fechas, como si todo fuera lo mismo porque el instrumento se parece. Mienten y engañan. No hay en la historia nacional un evento como el de 1943. Confundir ese primer paso de la liberación nacional con los golpes de estado pro-oligárquicos es una maniobra destinada a igualar, a achatar y a borrar el significado de una fecha histórica en las luchas del pueblo por hacerse dueño de su propio destino.