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De Carrió a Aguinis...

martes, 28 de agosto de 2012

Aquel aciago 2008 se coronó, en medio del debate sobre la estatización de las AFJP, con uno de los más formidables disparates evacuado alguna vez desde la boca de Elisa Carrió: la discusión equivalía a decidir “cuál era el mejor tren de Varsovia”, y los que estábamos a favor de terminar con la era de la estafa previsional éramos “las víctimas cómplices”. Parangonados con aquellos judíos integrantes de las orquestas que despedían los trenes que conducían a sus hermanos al exterminio en los campos de concentración. Una desmesura… pero funcional.

Tras de ello, las conclusiones eran contundentes: el kirchnerismo era el nazismo, la estatización del sistema de jubilaciones equivalía al genocidio. No recuerdo si lo concretó, pero amenazó con una denuncia penal y tildó a Cristina de Traidora a la Patria y a Néstor, directamente, de loco dictador que perdió la racionalidad del poder. Sentenció apocalíptica: “El matrimonio está ejecutando una política precisa, acordada, coordinada para la destrucción de la Nación Argentina”.

Subrayo esto: por entonces, los partidarios del gobierno éramos, genéricamente, rotulados como “víctimas cómplices”. Casi una invitación a volver al redil de republicanismo salvador.

Las recientes apariciones de Marcos Aguinis en “The Nation” representan un verdadero salto cualitativo en esa caracterización (que ahora luce hasta piadosa). Me refiero al díptico conformado por “Un insulto a la democracia” (20 de julio) y el mucho más comentado y reciente “El veneno de la épica kircherista” (21 de agosto), ambos dirigidos a transitar la tan trajinada senda de la asimilación (forzada y forzosa) con el nazismo.

Allí aparece la enumeración taxativa de los clichés deslegitimantes desde la perspectiva ideológica: el totalitarismo ejemplificado en la tergiversación del “Vamos por Todo” (Se pregunta y responde Aguinis: “¿Qué significaría, entonces? Significaría algo que hace temblar los dedos sobre el teclado de la computadora. Significaría caer en el agujero negro del totalitarismo. No menos que eso. En otras palabras, abandonar la democracia, porque en ésta nadie puede aspirar a tener y controlar "todo"), la omnipresencia de la Cadena Nacional, la invención de un relato, la alusión al infierno de Dante para crear el clima asfixiante y aterrador y las indispensables comparaciones de ocasión con la Gestapo y la Dictadura Militar, todo en el primer opúsculo. En el segundo, el cuestionamiento a la legitimidad de origen e incluso de gestión (atribuyendo los logros reconocibles a Lavagna), el “culto a la personalidad” a la norcoreana, la corrupción “septicémica”, y por supuesto, hasta el desenfado de la ya tan comentada (pero no por eso menos indignante y repudiable) asimilación de las organizaciones juveniles y sociales K a las juventudes hittlerianas.

Compañeros, atención, dejamos de ser “víctimas cómplices” para ser etiquetados ahora, en el salto cuanti-cualitativo ensayado por Aguinis, como “fuerzas paramilitares” al estilo hittleriano, pero peores. Porque los camaradas de Joseph Ratzinger luchaban por ideales, de mierda, pero ideales al fin, “Los actuales paramilitares kirchneristas, y La Cámpora, y El Evita, y Tupac Amaru, y otras fórmulas igualmente confusas, en cambio, han estructurado una corporación que milita para ganar un sueldo o sentirse poderosos o meter la mano en los bienes de la nación”. La nueva “cosificación” no ha de ser gratuita, nos han tranformado en cómplices de una infamia.

Estas revulsivas diatribas degradarían intelectualmente a sus autores a la categoría de charlatanes improvisados, salvo que tengamos en cuenta su intencionalidad propagandística manifiesta en la estigmatización. Al parecer, para su intento de restauración conservadora, una porción de la oposición ha renunciado en forma indeclinable a la vía democrática. En sus trasnochadas elucubraciones se ven liderando el capítulo argentino de las “Revoluciones de Colores” que amenazaron con norteamericanizar la balcanizada ex URSS al calor de las instrucciones de Gene Sharp. Por eso dije que, además de “forzada”, la asimilación con el nazismo es “forzosa”, parece ser que la CIA y las restantes agencias de insurgencia yanquis, ahora tienen pruritos para financiar el derrocamiento de gobiernos que no cuenten con mala prensa y una adecuada reputación de “autoritarios” o “dictatoriales”.

En este contexto, la invocación de la “locura” (tan del gusto de Fontevecchia), lejos de ser un insulto vano, adquiere la dimensión de mote deslegitimador, es una perfecta y vulgarmente comprensible causal de juicio político, procedimiento desdeñado por su incapacidad de erigir liderazgos de reemplazo, pero tenido en cuenta por la primer espada de la secta elitista “Tradición Familia y Propiedad”, Cosme Veccar Varela.

Hay que reconocerle a Carrió su rol apostólico y precursor. El mismo día de las elecciones de 2007 que ungieron a Cristina, por la mañana temprano, ya denunció fraude. A la semana inventó la caracterización de “legitimidad segmentada” para el nuevo gobierno aún no asumido, la comparación con el matrimonio Ceausescu y aquello de “la gente en la calle dice por qué no los voltean. La gente en la calle dice los quiero matar” tuvieron la misma intencionalidad.

Ahora las voces y acciones se multiplican y amplifican, y la voluntad destituyente adquiere un carácter más orgánico y sistemático, y por ende, y sin perjuicio de la reincidencia del fracaso de sus expresiones de ¿masas? (caceroleo, abrazos a tribunales, rezos cívicos, cortes de rutas), más peligroso para la Democracia. Ojo, la de en serio, la del pueblo votando sin proscripciones, la de las transformaciones sociales y económicas, la de la inclusión y del Estado interpelando al poder real, no la de los manuales de la CIA, la NED, la USAID y la Albert Einstein Institution.